viernes, 5 de junio de 2020

Anatomía de una pesadilla.

En mi cuento nunca se acaban los lobos. No se acaban nunca porque no quiero matarlos. Esta pesadilla no es como el mito de Medusa, en esta habitación no hay sitio para desenlaces atroces. Aquí, si les miras a los ojos, corres otro tipo de peligro: no sabes qué te espera después. Aquí dentro el susto es casi tan probable como la risa. Y ambos son igual de bienvenidos.

Puedes abrir los ojos, no te pasará nada. Entiendo que no quieras hacerlo, verás cómo se mueven y casi creerás que te acechan, llevan mucho tiempo deslizándose por aquí dentro, pero mis bestias también salen a merodear en busca de alguna caricia. Ven, pasa, puedes encontrártelos dormitando en la pared, no abras muy fuerte la puerta, pueden asustarse con el ruido y no me gustaría que se fueran, les he cogido cariño. Ven, ven y encuentra tu hueco, falta mucha luz aquí dentro, dejarla pasar me parecía un poco grotesco. Si a mis lobos les toca la claridad, podrían empezar a dudar de sí mismos y aquí dentro, a oscuras, parecen todos muy feroces, y así es como me gustan. No les abraces si no es con cariño, podrías despertar a los que están mejor dormidos. Estas bestias pueden dar un poco de impresión si las miras muy de cerca, pero las que un día fueron brutales, hoy son inofensivas.  No te preocupes por sus colmillos, la sangre que los cubre ya es antigua. Mira mis  heridas, supurando, casi a puntito de estar curadas. ¿Has oído hablar del valor metafórico de una cicatriz, verdad? Eso que dicen de que señalan el lugar en el que vivió un dolor que fue sanado. ¿No? Bueno, pues ahora ya lo sabes. Cierra ya esa puerta y siéntate donde quieras. Te prometo que no van  a morderte. Siéntate, venga, que se nos va a hacer de día. Deja que mis bestias te rodeen; no te asustes o se van a enamorar. No te enamores, que podrían morderte.

Hazte hueco donde puedas y siéntate. Y recuérdalo: sé amable, solo buscan caricias. Aquí no hay sitio para el odio. En mi cuento nunca se acaban los lobos.

 


Las olas mirando el mar.

La vida late mucho más tranquila en esta orilla. Hemos caminado descalzos hasta llegar a aquí, donde dejamos caer la ropa sobre la arena. Así nuestra bandera blanca se funde en el suave ámbar de este suelo, hasta camuflarse por completo. Hemos cambiado el campo de batalla pero nuestra guerra sigue siendo la misma.

Ahora el sol le canta con suavidad al viento hasta convertirlo en brisa. Aún no estamos dentro del agua y te espero mientras la espuma me teje coronas de sal en los tobillos. Y suspiro y me vuelvo para mirarte como quien descubre un baúl de zafiros mientras te acercas. Tu silueta desafía de golpe y de frente al agua que choca contra ella y, a cámara lenta, se divide en dos para poder abarcarla por completo. Y mis ojos te tocan y los tuyos me encuentran para no quitarse mi mirada de encima. Tu risa se eleva como un animal salvaje acechando a su presa y llegas hasta mí empapándome de carcajadas. Te toco la cara, me abrazas y nos llenamos la piel de sal, agua y arena.

El sol nos mira desde arriba desprendiendo sus rayos con soberbia. Hemos vuelto ya a la orilla y, entre las manos, un pacto de fuego y agua. De vuelta a la tierra nos damos cuenta de que esto nos está quemando, pero solo sabemos vivir ardiendo.

Tú pierdes la mirada entre tanto agua. A veces las olas se quedan mirando el mar.


Fuerza.

Fue increíble, como las cosas que no se pueden hacer con las manos, increable. Un antitodo, antídoto de paces guardado en el bolsillo del sujetador. Si podía no llevaba camisa y se había tatuado en la nuca “fuerza”. Iba de aquí para allá destruyéndolo todo sobre las crines de Troya. Su lugar favorito del mundo eran los acantilados, donde podía cantar el ruido de la espuma. De vez en cuando, tejía fantasmas cobardes y de ellos hacía una escalera. Bajaba hasta el agua y me esperaba en la orilla. “¡Tranquila” me gritaba desde abajo, “he encontrado la vía de escape”. “Pero…” le contestaba desde arriba “los acantilados no tienen orilla.” Entonces se subía al lomo de la escalera y me susurraba “eso es porque no puedes olerlas”. Entonces ensillaba la escalera y subía de nuevo a la tierra para arrastrarme con ella. De la mano, salivábamos juntas el plan de fuga “pero yo no soy tu novia” le decía. “Eres peor, yo soy tu sombra”.  La verdad es que nuestros planes siempre sabían a espinas de caramelo. Mientras ella llovía adrenalina, yo respiraba azafranes. Sin duda,lo peor era cuando la luz se acurrucaba en el crepúsculo y entonces ella volvía. Se quitaba otra vez la camisa, cogía de nuevo la escalera y bajaba otra vez a la orilla. Respirando profundamente, le daba la mano y le decía, “pero sombra, ¡que los acantilados no tienen orilla!”. Ella se sentaba, cruzaba las piernas y con la mano derecha, me disparaba un balazo de agua. Y mi mano derecha también se movía. Enfadada, colocaba las palmas bajo el agua, hundía la cara en la arena y pronunciaba palabras mojadas. Así fue como supe que los peces también dormían, porque juraba que sin ella no se despertaban. Yo la escuchaba y me reía. “Eres increable.” Hoy en la orilla me he visto siete escamas, y me ha salido un ojo en la fuerza.


Respiro.


Escúchame llamarte a contraviento
Lléname de aire la garganta,
Baila con la voz quebrada del oboe
Y sopla a tu imaginación en la ventana.
Echa de comer a tus rapaces
Carne trozada de mis alas
Y surca el cauce de mi voz
en tu reino de escarlata.

Cerca pero sin jaula.

Si las pupilas hicieran fotos

Te tendría guardado en la memoria

Con una promesa de siempre

Con la misma certeza que tengo

De que mañana saldrá el día

a sol completo.

Si mi lengua cantase

en todos los idiomas que no conozco

Tejería tangos y coplas en tu nido

Crees que no te veo mirándome

Pero no me muevo

Por si el secreto dicho hace que te vayas

O aun peor: que cierres los ojos.

Si las pupilas hicieran fotos y mi lengua cantase

Las promesas de futuro quedarían en pasado

Y los ojos que me habitan cambiarían de color

Y yo te quiero, de todas formas

Pero no mío.

Te quiero cerca

Pero sin jaula.


domingo, 18 de marzo de 2018

Extremista


Extremista. Extremista. Extremista.

La vez que me dijeron que no podía hacerlo y rompí con todo para demostrar que sí.

Extremista. Cuando decidí que no y fue que no.

Extremista. La vez que mi sujetador tapaba más que mi camiseta. Y la vez que no la llevaba puesta.

Extremista. La vez que me dijeron “no te vayas”  y me puse en marcha.

Y la vez que me ordenaron que me quedara y no volví.

Extremista. Cuando desafié la orden. Cuando di un golpe en la mesa y dije que no estaba conforme.

Extremista. Cuando sonreí a un insulto, y a una falta de respeto y a todos los desprecios juntos.

Y cuando respondí “es que no me da la gana” cuando preguntaron por qué.

Y la vez subí la música para no oír a nadie y estallé una copa en el suelo.

Extremista. Porque no me callaba lo que quería decir.

Extremista, salvaje, impertinente.

A todas esas veces: feliz desobediencia. Tened cuidado porque estoy extremadamente loca.

domingo, 18 de febrero de 2018

Apología a lo sencillo

Cuando la brisa sopla cálida es un aviso de lluvia, como la sentencia del beso de un baile en solitario que abre las puertas del infierno hacia tu propia voz.

Y mientras unos sueñan con devorar el mundo, otros lo cargan a su espalda en una sincronía de tragicomedias ironizadas.

Y mientras tanto yo, le abro paso a mis fantasmas, alzando la bandera blanca a mi mundo enfermo. Quererte o no quererme, tango contaminado de pasos en falso. Cuando pare la música, será mi soledad la que acabe vomitando las razones que me diste para quedarme.

Quedarme o dejar que te marcharas, depende de quién puje más fuerte por esta apuesta  a doble o nada.
No hay caos que no se rija por cierto orden, y el mío tararea su propia anarquía.

El desastre natural que arrasó con la brújula que apuntaba hacia el Norte, me coge de la mano y me columpia hasta el centro del huracán que ha orientado mi vida. ¿Creatividad o desorientación? Como si no fueran lo mismo.

Entonces como siempre, suena tu risa en mi cabeza como un grito revolucionario que me recuerda que nuestra historia está escrita como una apología a lo sencillo.